septiembre 30, 2017

Tengo un pájaro en el pecho


Ilustración: Inés de Antuñano


Tengo un pájaro en el pecho. Hace días que no duerme. Agita las alas cada vez que escucha una sirena y cada vez que truena un mueble. Encaja las garras en los barrotes que lo contienen siempre que se forma un silencio. Quiere escapar pero no ha encontrado la forma. Sospecho que tampoco sabe a dónde podría volar.

Afortunadamente solo he perdido una cosa en el terremoto: el suelo.

No tengo derecho a quejarme, pero hoy los días me pasan como flotando. Miro el reloj con la esperanza de que haya avanzado mucho. Es terrible lo que ha ocurrido pero lo peor es la sensación de algo peor que viene. El devenir atroz es inexorable, siempre está al acecho y nosotros somos apenas nuestras ganas de sobrevivir.

He estado intentando recordar cómo vivía antes. Cómo veía a mi hijo antes de encontrarlo sentadito en el centro de un jardín, dentro de una escuela, con el rostro de quien entiende verdades fundamentales. Trato de recordar cómo me iba a la oficina, cómo le decía adiós a mi esposa, cómo destapaba una cerveza o cómo preparaba un café. No lo recuerdo.

Parece que el pájaro ha estado alimentándose de mi memoria.

Echo a andar hacia la calle y me encuentro con ustedes. Juntos tratamos de fingir que el suelo sigue ahí debajo, nos esforzamos para que nuestros pasos parezcan afianzados pero en el fondo no lo logramos. Veo en todos esa pupila más negra y fija que de costumbre, el arco de las cejas en tensión permanente. Somos pésimos actores. Sin embargo ahí, en el detalle, en el titubeo que nos delata, encuentro una mano que se tiende y me dan ganas de besarlos y abrazarlos y quizás hacer el amor con cada uno de ustedes.

Pero me contengo. Porque eso es lo que toca ahora, me han dicho. Contener y contenerse.

Muchos hablan de crisis y otros de oportunidades. Muchos dicen que el momento actual es el peor y otros que viene el mejor, que estamos en el umbral de un nuevo país. No creo (en) nada ya. Crecí escuchando la frase "en los albores del siglo XXI" como una promesa, como si el tiempo fuera otra cosa que nuestras enfermas ganas de contarlo todo.

Llegó ese siglo y no llegó nada. Deseamos demasiado con demasiadas ganas.

En nuestra carne hay una marca a fuego, sí, pero el terreno se mantiene igual. El país sigue ahí porque nación es un término vacío, que no puede derrumbarse. Nos habían robado la palabra México. Ahora se quedarán con el término sociedad civil. Que se lo lleven, qué más da. Es tan abstracto que no se puede hacer nada con él.

¿Qué nos queda? ¿Por qué permanecemos caminando sobre el viento, aguantando la lluvia, confiando en que el momento que viene habrá de resguardarnos, será fiel, no nos traicionará? ¿Qué tengo que hacer con ese pájaro indomable, salvaje, que no me deja volver ni me deja estar tranquilo?

Lo que sucedió ha dejado sólo derrumbes, es decir, preguntas. Aprender a convivir con la desgracia parece ser la única alternativa viable. Pero eso no es nuevo: está en nuestra naturaleza. Todos somos sobrevivientes, día tras día, mes con mes, hasta que en algún momento dejamos de serlo.

Me queda imaginar ese momento: el pájaro que tengo en el pecho, cansado y gris, logrará al fin escapar para dejarme tranquilo. Volará lejos, quizás, si le queda tiempo y le quedan nubes.

Y si aún le quedan ganas de volar.

junio 25, 2017

Tianguis por la mañana

Por definición, el tianguis es temporal. Uno o dos días a las semanas sucede. Sin que nos demos cuenta, en la noche, surge del pavimento, desde el subsuelo, en terrenos baldíos o planchas de concreto. Nadie atestigua su levantamiento, pudiera ser una aparición instantánea o la consolidación lentísima y gradual de un espectro.

La totalidad de las cosas que suceden dentro del tianguis son también temporales. El cordón de un toldo busca cada vez un lugar dónde amarrarse: encuentra siempre uno distinto. Golpes de martillo hacen embonar a la fuerza tubos cuadrados con la pintura descascarada, como si no estuvieran acostumbrados a embonar cada tres días y fuera la primera vez que se encuentran. Cambio de a cien, cableado eléctrico, fuentes alternativas de energía, la ubicación exacta de cada puesto: todo sucede sin que la gente que lo hace suceder sepa a ciencia cierta cómo lo hizo, cómo lo ha hecho y cómo lo hará. Y cada vez el mismo tianguis es muy distinto. Nunca es el mismo: es el río de Heráclito.

Hoy vi a un hombre cargar su teléfono celular en un enchufe que había quedado amarrado al tubo transversal del techo de un puesto. Para que el teléfono no colgara del cable a medio pasillo, lo metió en una bolsa de plástico que amarró también al tubo. Lo hizo con la ayuda de un guacal de madera que estuvo a punto de ceder ante el peso y provocar un accidente —aunque en los tianguis no hay accidentes porque el tianguis es de suyo un gran accidente—. La solución que el hombre dio a su problema fue una solución temporal; la herramienta que usó para lograrlo, también. Antes de que acabe el día la pila del celular volverá a estar cerca de vaciarse.

Una chica me trajo dos tacos campechanos con papas. Su empleo como mesera de tianguis es, con toda seguridad, una cosa temporal, en lo que acaba la escuela o encuentra empleo en un sitio más estable. Los tacos y la chica misma. Yo. Todo temporal. Como la saciedad y como el descanso. Temporal como todas las buenas noticias.

Pagué y me fui sin esperar el cambio. Estaba triste. Sigo triste. No miré hacia atrás porque no quise confirmar la teoría de que el tianguis desaparece cuando lo abandonas. La teoría de que cada quien tiene su propio tianguis.




abril 08, 2017

Las malas noticias





Para Víctor


Encendieron la televisión de la sala por la mañana. Se sentaron los cuatro. Pasaban las noticias. Las malas noticias. Muertes violentas, atentados y, al final, una nota medianamente curiosa: una pareja de osos negros se había observado caminando en las afueras de la ciudad. Había video. Había video transmitiendo en vivo. Las cámaras del noticiario habían llegado hasta el suburbio. Grababan a distancia. Ellos, los cuatro, miraban estupefactos. Es muy raro que un oso se adentre en el pavimento de un barrio. Sólo que haya un fuego que lo apure. Pero no había fuego. Y es más raro que sean dos. Pero estaban estupefactos no por ver a un oso en la calle, tampoco porque fueran dos, sino porque la cámara transmitía desde su barrio. Desde su cuadra. Porque la casa que se veía en la televisión era su casa. Porque los osos revolvían los botes de basura de su casa, estaban a unos metros de donde ellos miraban la televisión.

Escucharon los ruidos de nuevo. Gruñidos mezclados con golpes sordos en el suelo. Un breve crepitar de hojas secas y el silbido inclemente de las uñas contra el metal.

Entendieron entonces que los ruidos nocturnos de las últimas semanas habían sido provocados no por gatos callejeros ni por ráfagas de viento, sino por una pareja de osos.

En la televisión se narraba la imagen como un fenómeno único. Decían que el ejército ya había mandado un carro, seis hombres. Era mentira. Los osos no tenían por qué saber que la octava o novena vez que esculcaban los mismos tambos de basura era transmitida por televisión a todo el país.

Asomaron todos juntos por la ventana de la sala, la que da al jardín frontal. Ahí estaban aquellas dos criaturas. Monstruos. Los osos no tienen nada de tiernos. Uno de ellos giró el cuello y los vio. Cerraron de golpe la cortina y corrieron hacia las escaleras. Se fueron al piso superior, como si los osos no pudieran subir escaleras. 

Se parapetaron en la recámara de la hija. Cerraron la puerta. Bloquearon la puerta con un escritorio.

Escucharon cómo los osos quebraron un vidrio de la sala. Dos. Tres vidrios. Escucharon un largo gruñido, quizás uno de ellos se astilló una garra. Después no escucharon nada más. 

La niña más pequeña sugirió encender la televisión de la recámara. Lo hicieron. La transmisión del video había terminado. La noticia había terminado. El noticiario había terminado. Ya no había osos en la televisión. Estaba empezando un partido de futbol. Los cuatro, comenzando por el padre y terminando por la niña más pequeña, sonrieron y respiraron tranquilos. Juntos comenzaron a quitar el escritorio para volverlo a poner en su lugar.

abril 05, 2017

La catedral


Estoy en el bar de manera ausente. Es decir, en realidad no estoy ahí sino como un narrador. ¿Quién quisiera estar ahí presente? Al parecer, varios jóvenes impetuosos, algunos viejos que se rehusan al acartonamiento, mujeres con faldas ávidas de volar, duendes de la noche. Apenas se ha cruzado el umbral, el sitio se presenta idéntico a otros muchos que hay diseminados por la ciudad. Las paredes son grandes espejos con marcos de madera vieja, húmedas barras de dos metros de largo sirven como mesas de paso y taburetes desordenados, con el forro gastado y a veces incluso agujereado, tratan de impedir el paso al baño con golpes bajos. No hay humo porque hace tiempo que a los fumadores se les hacina en un rincón del lugar o bajo el pequeño toldo de la entrada, como leprosos o criaturas tristes de humores ácidos. Podría decirse que hay música, pero las voces silencian las guitarras. Ínfimas bombas de risa estallan constantemente, en todos los cuadrantes, como si un batallón de muertos cruzara un campo minado. La gente sonríe como si el mundo fuera un buen lugar para estar.
Llevo aquí el mismo tiempo que usted. Sólo vine a narrarle lo que veo, porque alguien que no soy yo piensa que esto es una buena idea y, también, que usted ha venido aquí a leer una buena idea. La búsqueda es la misma de siempre: el cuento corto, el efecto largo, el golpe seco de una historia húmeda, de asunto unitario, sin vericuetos.
Ahora entra al bar la protagonista de esta ficción. Tiene el pelo platinado –es decir, falseado— suelto sobre los hombros. Usa una chaqueta corta de cuero opaco, bien trabajado, que deja libre el cuello, las muñecas de ambos brazos y una franja de diez centímetros de abdomen. Es bellísima y alta, esbelta. Sobresale de las cabezas comunes. Camina como si supiera exactamente en dónde se encuentra la persona a la que está buscando. Se abre paso sin mucho oficio por entre las reses, camino al matadero. Busca infatigablemente con la mirada pretendiendo siempre que ha encontrado. Sus tacones parecen resonar en la madera del suelo, aunque no se escucha su ritmo. Su cabello miente, lo he dicho. Ella miente. Cada uno de sus movimientos es de una falsedad sutil, que hace de rémora a la verdad. La belleza se equivale a la verdad, así que su mentira ha de ser breve y ligera, como su cadera, para hacer que todo el cuadro funcione. Se llama Daniela.
Dejémosla andar unos instantes, que el tiempo la recorra como quisieran nuestros dedos. Mírela caminar y alejarse, ya volveremos a ella.
El sitio entero es lo contrario a la verdad. A un bar la gente viene a mentir, que es lo único que puede hacerse ahí además de reír, besar, agarrar y beber. Uno a uno, los otros que atiborran el recinto han reído, besado, agarrado y bebido mereced a las mentiras que tiran aquí y allá, ahora y ahora otra vez. Son todas personas sin rostro, al menos en esta historia: son actores secundarios, terciarios, de utilería.
De entre esa masa multiforme de pseudohumanos surge Gabriel.
Antes de hablar de Gabriel voy a considerar una terrible anomalía, una rajada a mi voluntad, una imposibilidad de libertad que me aprieta el pecho: le confieso que yo, su narrador en turno, no puedo mentir. Puedo hablar de ficción, pero no puedo hablar mentiras, porque de la verdad se infiere o se deduce la verdad, pero de la mentira se puede obtener cualquier cosa. Este texto perdería entonces, con la mentira, su carácter de narración y pasaría a ser un cúmulo incoherente de palabras. Esto significa que si yo mintiera, se derrumbaría el andamio narrativo, es decir, se perdería el sentido de la consecuencia, de la necesidad y, por tanto, el sentido en absoluto. La ficción me precede, la historia que narro en presente sucede casi al tiempo que la refiero, sí, pero siempre un poco antes. Los hechos preceden a las palabras que los refieren: regla primitiva de la narrativa, rasgo que la diferencia tajantemente de la voz profética. Si los hechos son reales o no, no me importa y no lo sé. La narración, sin embargo, se apega a esos hechos y, por tanto, no sólo es verosímil, sino que es verdadera. Le suplico que se coloque en mis zapatos. ¿Se imagina no poder mentir? Es terrible. Sin embargo aquí estoy, dando cuenta de lo que le pasa a alguien más, en un santuario de la mentira: un bar. Queda asentado, pues, para que lo considere cada tanto y no me juzgue si lo que lee le parece un montón de estupideces.
Gabriel tiene treinta y tres años. Espera en una esquina del bar a Daniela, aunque no la conoce. Hay una imagen en su cabeza, quizás perteneciente a otra época, a una vida anterior, que la describe. Se atraen sin saberlo, compartiendo la sensación de un espacio vacío que anhela una forma específica para rellenarse. Como un ensamble de carpintero, imantado, tienden a la unión física. Está recargado sobre el codo que, a su vez, se apoya en una de las pequeñas barras. Tiene el pelo más o menos largo, más o menos desordenado, más o menos limpio. Y negro. Bebe cerveza. Está solo.
Algo inexplicable está por suceder. La gran mentira. La catedral de lo que no es, este bar, existe para lo que sucederá a continuación. Daniela y Gabriel existen para unirse y desaparecer en el tiempo. Para desaparecer un tiempo. Para desaparecer el tiempo. El mundo colapsará enseguida.
Ella camina ahora más segura. Una a una las miradas que la siguen —y también las que no le han visto jamás— se apagan, se desvanecen. Velos invisibles de vaho, cruces de aire, estelas macizas de una carne hecha de palabras —los cuerpos de los otros— se convierten en polvo impalpable. Detrás de Daniela el tiempo, detenido, muerto, se agolpa. Su espalda es una puerta de luz, el mundo desaparece, cediendo a la mentira, al no ser. Detrás de Gabriel hay, del mismo modo, un abismo de negrura, un hoyo: hay nada. El mundo se está desmoronando.
Se acercan. Entre ellos, en esos cinco metros, se encuentra ahora todo lo que existe y la posibilidad, que es reducida. No hay truenos ni relámpagos, no hay presagios ni gritos, la nada se acerca a la totalidad y los taconazos son los golpes que derrumban el mundo hacia dentro de sí. La verdad es tan relativa ya. No hay juicios, no hay casi nada.
El rostro de Daniela se detiene a diez centímetros del rostro de Gabriel. Detrás de los dos hay sólo recuerdo: nada. El mundo está entre los dos. Toda la materia que queda está ahí, desde el centro de la Tierra hasta la orilla del universo en una franja de diez centímetros de ancho. Se acaban el aire, se miran con ganas. Se acercan más.
Hay un beso, uno último, que succiona a uno dentro de la boca del otro y viceversa. Se han consumido entre ellos, los dos últimos seres. Lo último que existió fue un par de bocas, un par de labios, un suspiro sonoro.
La mentira fue desterrada y la narración ha de terminar aquí, porque ya no hay nada. Quedo yo y queda usted, nada más. Quedamos porque lo que se ha consumido es la presencia y usted y yo estábamos ahí como ausencias. Yo era sólo un sentido narrativo; usted, una conciencia capaz de captar una sucesión de eventos.
Así muere y morirá siempre la ficción. Así tiene que ser, dentro de ella misma. Hasta nunca, querido amigo.


enero 09, 2016

Mercedes sale de su casa



La calle está inexplicablemente vacía. Es cierto que ha llovido, pero hace ya varias horas. Y no estamos hablando de cualquier calle, sino de Insurgentes Sur, una de las más largas, grandes y densamente pobladas del país. Una calle que, por así decirlo, no duerme ni se detiene jamás. Así que no, la lluvia no ha de ser la razón por la que se encuentra vacía. Tampoco el día, primero del año, ni la tarde que invita a recluirse bajo techo para reflexionar, coger o mirar una película épica en la televisión. Esas explicaciones no son suficientes. 

Mercedes tiende naturalmente a pensar que se está perdiendo de algo que todo el mundo atestigua. Es un síntoma de la exclusión, que suele ser la causa de la soledad. 

Una neblina casi imperceptible se desprende de los mosaicos rojos que cubren las banquetas. Otra más densa escapa de las coladeras, presumiblemente apestosa e insalubre. El sol cae de manera oblicua, casi horizontal, penetrando por el hueco de edificios que zanja la propia avenida. Con esa iluminación la calle es un espectáculo digno de fotografiarse. También favorece a una hipotética composición, volvemos, que no haya una sola persona ensuciando el cuadro. ¿Cuántas veces habría visto Mercedes o, puestos a imaginar, cualquier mexicano de las últimas siete décadas, la avenida Insurgentes completamente vacía?

Mercedes mira para todas direcciones. Está muy nerviosa, mantiene los ojos muy abiertos. Camina hacia la esquina y se asoma a la gran avenida que cruza: Municipio Libre. Nada, ni un auto ni una persona ni un pájaro parado en un cable. Durante varios segundos mira hacia arriba, sabe que está cerca la ruta aérea por la que, cada minuto, pasa un avión con destino al Aeropuerto Benito Juárez. No mira pasar ninguno.

Mercedes está ahora visiblemente alterada. Lo que está pasando no es normal. Camina por la banqueta sólo porque tiene bien clavada la costumbre, pero podría ir por el centro del arroyo o incluso por el inmaculado carril del Metrobús y daría lo mismo. Podría acampar en un cruce, por ejemplo, frente a Galerías Insurgentes, y escuchar el seseo de la fuente del Liverpool como si fuera un río. Porque, claro está, la calle también está muda. No hay caminantes ni autos ni camiones que la surquen. Sólo percibe el sonido de sus propios pasos y el de la caída de agua de la fuente. También un cliqueo que nunca había escuchado salir de los semáforos cuando cambian de luz.

Lo primero que concluye Mercedes —lo está pensando ahora— es que el tiempo no se ha detenido: las cosas siguen su marcha. Esto, por supuesto, las que tienen marcha y no las que son elementos que existen para mantenerse fijos. El agua que corre en la fuente y los cambios de luz en los semáforos son claros ejemplos de lo que acaba de postular Mercedes. Y el sonido de sus pasos. ¿Habría sonido si el tiempo se detuviera? Por supuesto que no. El sonido es un signo del movimiento —si es que no es en sí mismo un tipo de movimiento— como el humo lo es del fuego.

Luego piensa que lo que podría haber desaparecido no es el movimiento, sino la vida. Hasta el momento no ha encontrado rastro alguno de vida. Ni una persona ni un animal. Los árboles siguen ahí, pero Mercedes nunca ha creído que la vida de los vegetales sea en realidad vida, es decir, que comparta características muy representativas con la vida de un perro, por ejemplo. Y cabe además la posibilidad de que todos esos árboles sean cadáveres de árbol, recién privados de la vida, aún verdes. 

Ahora Mercedes se ha puesto de rodillas. Busca vida entre las grietas del piso, levanta una piedra de la orilla de una jardinera. No encuentra nada. No hay cochinillas ni gusanos. Se imagina a los hombres que llegaron a la luna, a los que llegarán a Marte y a los extraterrestres que alguna vez habrán de aterrizar aquí. Siempre los imagina aterrizando en México D.F., en alguna avenida ancha del centro, como Juárez o Lázaro Cárdenas. Piensa que ella misma es ahora una inspectora en busca de rastros de vida, sólo que, a diferencia de los otros exploradores, si no la encuentra no tendrá a quién reportárselo.

Ese último pensamiento asusta mucho a Mercedes. La hace temblar visiblemente. Derrama unas primeras lágrimas que la hacen pensar que no es momento para divagar: es momento para encontrar, se dice, para correr, para delirar y para desgarrarse la garganta. ¿O será momento para despertar? ¿Cómo es posible que no haya nadie? ¿En qué momento se fueron y, más difícilmente, a dónde mierda se fueron? ¿Será que no hay nadie en la ciudad más que ella o será que en otras zonas, digamos, en el centro de Iztapalapa o por el rumbo de Azcapotzalco la vida siga ocurriendo con normalidad?

Entonces saca su teléfono del bolsillo. El reloj está corriendo normalmente, son las 5:17 de la tarde y recuerda haberlo visto al salir, poco antes de las 5. Han pasado, en efecto, alrededor de 20 minutos. Entonces abre el internet, tiene señal. ¿Señal de internet significa indirectamente vida? Abre la app de Twitter. Carga sin dificultad, pero en el timeline aparecen únicamente sus propios tuits. No tiene seguidores ni tampoco sigue a nadie. No hay nadie más en esa red social. ¿Sigue siendo red? ¿Sigue siendo social? Esas no son preguntas que se hace Mercedes. Esas las hago yo aprovechando el tiempo que ella pierde mirando la pantalla de su teléfono. Estoy seguro de que es tiempo perdido, de que la respuesta no está ahí. Ahora Mercedes, en este preciso momento, se está dando cuenta de que no tiene un solo contacto guardado. De que no hay historial de ningún mensaje enviado ni de ninguno recibido. Marca al 030 para comprobar que su línea funciona y sí, lo comprueba. La grabación le confirma que son las 5 horas con —ahora— diecinueve minutos. P.M., añade la voz. Entonces Mercedes cuelga y marca a su propia casa. No había nadie cuando salió a la calle pero quizás ahora Adriana, su compañera, haya regresado. Nadie contesta. Desde que compró ese teléfono que tiene en la mano no se volvió a aprender ningún número más. También olvidó los que ya conocía. Sólo sabe el que acaba de marcar y el de Locatel, porque recuerda la canción de la publicidad de los años noventa. Lo marca: no tiene suerte. Está, ahora sí, francamente asustada. 

Corre hasta la entrada del Liverpool y se asoma. Todas las luces están encendidas, los perfumes están sobre las vitrinas, los relojes, las camisas y los suéteres vacíos están expuestos. No hay nadie que venda ni nadie que compre. ¿Sigue siendo aquello una tienda? ¿Si no hay gente? Soy otra vez yo haciéndome preguntas mientras Mercedes corre de un lado a otro por los pasillos de loseta pulida. No tiene ningún sentido que narre el detalle de esta actividad frenética, delirante y desesperada que, usted y yo sabemos, no resolverá las cosas. 

Ahí vuelve Mercedes. En la mano trae un reloj de oro y dos cajas de perfume. Las lleva como se llevaría a un bebé, ahuecando el antebrazo. Estaba equivocado, valía la pena narrar el momento en que Mercedes, aun metida hasta el fondo en el problema más básico que ha tenido en su vida adulta, esto es, el de saber dónde, cuándo y por qué está en un lugar bajo determinadas circunstancias, en resumen, saber qué está pasando, tuvo el tiempo para pensar en una ventaja y aprovecharla. Hemos perdido el momento exacto en el que Mercedes decidió que era buena idea robar un reloj y dos perfumes antes de volver a salir a la calle. Se han disparado las alarmas de la puerta, ahora mismo están sonando.

Quizás se trató de eso. Quizás Mercedes quiso robar algo para activar la alarma y esperar a que vinieran los policías. Lo dudo porque Mercedes no se ha quedado cerca de la puerta a esperarlos: siguió corriendo al cruzar el umbral. También lo dudo porque no sacó una bufanda o una caja de chocolates, sino un reloj de oro. Y dos perfumes de la marca que ella usa. Sí, un bodrio de Versache que venden dentro de un tubo de metal rojo. 

Mercedes jadea mirando hacia atrás. Se ha detenido. Ha decidido volver a casa. Mientras camina cansada va pensando en lo que le ha ocurrido esta tarde. Llora copiosa e inconsolablemente. Ha comenzado a asimilar su situación como se encaja una derrota. Me dan ganas de abrazarla, es una lástima que yo no esté ahí. Pienso ahora en mí. Probablemente estaría llorando también… Sí, definitivamente. Si me pone triste esto, que es la hipótesis de una situación, su diseño mental y su desarrollo narrativo, me imagino cómo me pondría vivir en carne propia una situación semejante. Pobre mujer.

Vuelvo a ella. Mercedes sigue caminando por varias cuadras, a veces corriendo un brevísimo y melancólico trote, a veces jalándose los pelos mientras camina. Yo la imagino en cámara lenta, con una agitada música de Tchaikovsky de fondo. Sigue dando pasos y pasos sin toparse con un rastro de vida en su camino. Vale decir que ha dejado de buscar. Hace unos momentos ha decidido dejar de hacerlo. Se le nota en la mirada. Perdió rápidamente la esperanza, aunque para decir eso habría que comparar su caso con otras pérdidas de esperanza, con otros sujetos, con otras circunstancias. Mercedes piensa que si la vida vuelve lo hará de la misma forma en que se fue. O que quizás no vuelva nunca, pero que en todo caso su búsqueda no modifica en nada el resultado del prodigio. 

Mercedes ha llegado de vuelta a la esquina de su casa. La puerta cerrada está ahí, en la acera de enfrente. Se encuentra tal y como la dejó hace menos de una hora. Mira el reloj de oro que lleva en la mano derecha mientras cruza la calle. 

Un auto que viene a toda velocidad la embiste. 

Los perfumes han quedado derramados. El reloj marca las seis de la tarde con 15 minutos. Se ha formado en tiempo récord un tumulto de curiosos alrededor del cuerpo de Mercedes, que yace en el centro del arroyo con una herida en la cabeza. A lo lejos, entre el murmullo, se escucha una sirena que viene. Podría ser una ambulancia, podría ser una patrulla de la policía.

mayo 10, 2015

Un viaje río abajo al yo profundo.



Cuando terminé de cargar gasolina, en la estación de salida a la carretera a Veracruz, no hubiera imaginado que el verdadero viaje que estaba por comenzar era de carácter esencialmente espiritual. Sentí abrirse una grieta en algún lugar de mi tracto digestivo, eso sí, y mientras firmaba el voucher de la tarjeta y pateaba las llantas para comprobar su presión, por dentro del torso el viaje al fondo de mi identidad ontológica acababa de emprenderse, río abajo, hacia lo profundo.

Es el cuerpo conociendo al alma, precisamente a la manera inversa en que normalmente sucede la interacción espíritu-materia. Sabemos que la mente puede manipular al cuerpo de todas las maneras posibles: la voluntad, la disciplina y el hábito —la segunda naturaleza—, la meditación, la nemotecnia y el placebo, en fin. El cuerpo, sin embargo, también puede dominar a la mente, manipularla y tomar las riendas del ser moral.

Nuestro yo puede a veces ser sólo cuerpo, aun en vida, bajo determinadas circunstancias. Determinadas y dadas todas a la vez durante el puente del primero de mayo.

Era viernes de asueto. Saldríamos temprano rumbo a Córdoba pero no dormí durante la noche anterior: pasé uno de cada diez minutos de la noche en el baño. Me estaba vaciando. Por el momento pensé que era un malestar pasajero y sólo pospuse la salida cuatro horas, no la cancelé. Estaba equivocado, como la mayoría de las veces que aventuro diagnósticos: la descomposición había llegado para llevarse buena parte de mí hacia las entrañas de la ciudad, al centro del mundo.

Me remedié torpemente con esas medicinas que no curan. Me cuidé de no comer ni tomar nada. Aún no me sentía muy mal, pero mi tracto digestivo era territorio rebelde. Visité el primer baño ajeno en la gasolinería de Amozoc. Si no hubiera estado muy enfermo, me habría enfermado ahí. En otras circunstancias no había podido ni verlo, pero lo tuve que usar. Fui una de esas tristes almas que se ven obligadas por el destino a someterse a la humillación de un baño de carretera. Siempre me había preguntado quién, por qué, cómo. Nunca más.

Ahí doté de significado un término que acuñaría tres días después: el coproturismo (del griego kopros, excremento). Una forma no deseable de viajar y conocer sitios, gente y, sobre todo, culturas.

Llegando a Córdoba la cosa fue siempre a peor. El estómago clamaba venganza o se había puesto en huelga; los ojos y la cabeza, sin embargo, me pedían agua, alimento. Entraba todo y se iba así como entró, no sin antes transformarse con una velocidad escalofriante en agua. Visité baños en restaurantes, en bares, en hoteles, en establecimientos comerciales sin servicios públicos, en casas.

Conocí parte de la cultura local de los habitantes de Maltrata, Orizaba, Córdoba, Fortín, Peñuelas y otros poblados cercanos con el método escatológico. Me enteré de lo más íntimo: cómo van al baño, con qué tipo de papel se limpian, cómo se lavan las manos, cómo mantienen la higiene del lugar (cuando lo hacen). Los conocí de cerca, por dentro. Cuando salía del baño tenía contacto visual con los hombres y mujeres de la zona. Sabían que yo sabía algo más acerca de ellos, sabían que había penetrado su intimidad, que había violado el estatus de extranjero. No diría que se fraguaba una complicidad —entre otras cosas porque mi estado de salud me impedía una conexión racional con el mundo— pero algo sí nos ató.

Las noches fueron reveladoras: mis sueños eran situaciones límite, muy abstractas, que podrían calificarse de pesadillas si tuvieran algún sentido. La primera fue absolutamente no figurativa: algún problema tenía que resolver si no quería que pasara algo que sería terrible e irreversible. A medio sueño me daba cuenta de que sería imposible resolverlo. Sufría mucho. Para la segunda noche la cosa se hizo más tangible: vivíamos en la punta de un cerro en Maltrata, la neblina estaba cerrada y hasta abajo. Extraños zumbidos nos habían sacado al patio para ver qué tipo de bicho gigante rondaba la casa. No era un bicho, era el ruido que hacían piedras en llamas que caían desde fuera de la atmósfera. Pequeñas piedras que se clavaban en la tierra, encendidas, al rojo vivo. Entonces veíamos emerger de la niebla una piedra del tamaño de un planeta, que surcaba el aire y que nos iba a matar a todos. Estaba ya muy cerca, no daba tiempo ni de correr para abrazar a mi esposa.

Hubo fiebre. Sudor. Agua y más agua. Entrando, saliendo. Una noche horrible. La enfermedad era del cuerpo, pero se había trasminado, húmeda como era, hasta el alma: el espíritu no es impermeable. La materia sutil de la que hablaban los bizantinos podría ser, más allá del misticismo, una bacteria. El médico, amigo mío de toda la vida, me dijo que descartaba que el culpable fuera un virus y me recetó antibióticos.

La temperatura de mi cuerpo bajó. La bacteria se fue. Pero los lugares que visité durante la fiebre, durante el viaje entero —el físico y el mental—, sean los insalubres retretes de las gasolineras estandarizadas de la ruta o los escenarios apocalípticos de las montañas veracruzanas, permanecieron. Y me dijeron mucho de mí. De lo que hay adentro de mí.

La enfermedad es oscuridad. Parte de mí también. Parte de mí es una enfermedad. Lo descubrí y pensé en ciertas obras de Tàpies.

La gente cercana cree que hice un viaje de tres días a Córdoba, en realidad lo hice hacia dentro de mí mismo. Eso me quedó claro. La claridad es, paradójicamente, una de las principales características de la oscuridad: no se confunde, sabes cuándo entra, sabes cuándo se instala y no queda de otra que apretar los párpados y aguantar. Aguantar vara. Mucha vara.

Volvimos a México. Apenas terminé de curarme, apenas retuve alimento y agua y apenas la rebelión intestinal firmó acuerdos de paz, la migraña dijo hola. Mi cuerpo es un territorio incierto en el que algo terrible siempre está por suceder.



abril 29, 2015

El aparato de poder busca votos para perpetrarse



Ciudadano apático, vota por nosotros.
Adorador de instituciones, vota por nosotros.
Señora de la casa, vota por nosotros.
Proveedor gubernamental, vota por nosotros.
Familiar de diputado, vota por nosotros.
Columnista de Milenio, vota por nosotros.
Empleador de la Aristegui, vota por nosotros.
Acta de la alianza, vota por nosotros.
Deudor de las reformas, vota por nosotros.
Beneficiario del fisco, vota por nosotros.
Anarquista grafitero, vota por nosotros.
Hijo de cirquero, vota por nosotros.
Dueño de pantalla, vota por nosotros.
Cliente de Soriana, vota por nosotros.
Socio de Higa, vota por nosotros.
Socio de Ecoparq, vota por nosotros.
Socio de Ecobici, vota por nosotros.
Arquitecto Norman Foster, vota por nosotros.
Ciro Gómez Leyva, vota por nosotros.
Seguidor de Tercer Grado, vota por nosotros.
Actriz de Televisa, vota por nosotros.
Detractor de normalista, vota por nosotros.
Ciego por elección, vota por nosotros.
Sordo temporal, vota por nosotros.
Periodista amaestrado, vota por nosotros.
Criador de mirrey, vota por nosotros.
Egresado del Cumbres, vota por nosotros. 
Policía asesino, vota por nosotros.
Narco desempleado, vota por nosotros.
Político asentado, vota por nosotros.
Jefe de gobierno, vota por nosotros.
Granadero analfabeta, vota por nosotros.
Crítico de Twitter, vota por nosotros.
Hacedor de verdades, vota por nosotros.
Líder de opinión, vota por nosotros.
Futbolista retirado, vota por nosotros.
Funcionario disfuncional, vota por nosotros.
Juez de nuestra nómina, vota por nosotros.
Creativo de nuestra campaña, vota por nosotros.
Empresario de nuestros favores, vota por nosotros.

Pueblo desmemoriado, vota por nosotros.
Destino manifiesto, vota por nosotros.
Mayoría minoritaria, danos la paz.


Amén. 

febrero 27, 2015

Alimentos transfigurados




Tienen químicos.
Gluten.
O pesticidas.
O fueron modificados genéticamente.
Son transgénicos.
No son orgánicos.
No son artesanales.
No son comercializados de manera justa.
Los venden en Walmart.
O pueden contener trazas de pescado.
De tilapa.
O tienen conservadores.
Son cáncer.
No son de una granja amigable.
No fueron regados con arcoiris.
No se criaron escuchando a Mozart.
Nadie les cepilló el lomo.
Nadie habló con estas plantas.
Nadie acarició los hongos como si fueran penes.
Hay tanto karma.
Hay tanta energía negativa fluyendo por ellos.
Son antenas del mal.
No están vivos.
Son monstruos.
Para monstruos.

Eres un monstruo.

enero 27, 2015

Paz parmenídea

Imagen de savagechickens.com


Casi todos los narradores y cronistas se aferran a uno de los dos extremos de la corrección política, a saber, omiten cualquier comentario que pueda resultar remotamente ofensivo para el miembro de alguna comunidad, género o religión; o, muy al contrario, despilfarran palabras feas como si fueran gratuitas porque se les para la verga al escribir la palabra "verga". Hay tanto público para la vulgaridad gratuita como para la corrección impoluta, ¿no es cierto?

Pero también hay algo de público en medio. Yo prefiero arrastrarme por el terreno entre lo verosímil y lo verdadero buscando la intersección imposible de esos términos. Tratar de moverme en ese eje y no en el otro. La corrección y la incorrección son conceptos, a mi juicio, aburridísimos y subjetivos, surgidos de una moralidad frágil y corrugada que está de moda desde que la red nos dio espacio a todos para hablar sin filtros, es decir, desde el Facebook.

Si tengo que decir que le miré las nalgas a alguien, sin embargo, y sólo si tengo que decirlo, lo hago. Es una práctica común en mí, por cierto —la de mirar traseros—, como sospecho primero y confirmo inmediatamente después que hacen muchos hombres y mujeres, jóvenes y viejos de todo el mundo, sin pedirle permiso al dueño. No me enorgullezco, pero es cierto, ni qué decir.

Esta vez, anoche, mientras miraba las nalgas de una policía que según yo me sonrió al pasar, en mis audífonos sonó "We only said goodbye with words, I died a hundred times" con la impresionante voz de Amy Winehouse. Me pareció una coincidencia improbable porque la mirada que yo le dedicaba a la policía tenía la forma de una despedida definitiva, tenía su amargura. La concurrencia del verso y la mirada me subrayó ese pensamiento exagerado que subyacía y que no había hecho aún conciente: ese cruce podría no volver a suceder nunca más.

Varios de mis pensamientos cotidianos tienen el mismo destino: la conciencia del horror de la fugacidad, de la tragedia de lo efímero: de la horrible naturaleza humana. Supongo que en eso consiste la depresión, o al menos en parte. O al menos en mi caso.

Fue una miniepifanía. Durante los siguientes pasos comencé a pensar que esa otra persona, esa voz que escuché al paso, la visión del Viaducto con poco tráfico a una determinada hora de la tarde, todas las nubes y muchas otras cosas estaban sucediendo por única y última vez frente a mí. Casi todas las visiones, olores precisos y sonidos están siendo percibidos por última vez por mis sentidos.

Se me nubló el cielo en segundos. Hablo de mi cielo particular, había aún sol.

Entonces llegué a casa y giré la llave para abrir la puerta. Pensé en la cantidad de veces que he repetido ese gesto, idéntico, y en la cantidad de veces que me quedaban por delante. Muy probablemente no será la última vez que lo haga, concluí.

Se me despejó el cielo un poco. Un clarito, pues, aunque la noche caía ahora negra.

Eso es. Yo no sabía exactamente por qué amo tanto las rutinas. No había reparado lo suficiente en el hecho de que estoy irremediablemente sumergido en tantas rutinas, que con sólo enumerarlas se estaría describiendo el noventa por ciento de mi vida.

Soy feliz cuando estoy cómodo y estoy cómodo sólo en la rutina. Me siento bien cuando me levanto a tiempo, cuando entro o salgo de trabajar a la hora de siempre, cuando es martes y hay mixiote, cuando es domingo de Pumas y vienen los mismos de siempre por mí para ir al estadio, a la misma hora. Soy un hombre de rutinas.

El derrumbe de mi estado de ánimo cotidiano es consecuencia del desbalance de las acciones y los tiempos. Soy un esclavo de la repetición. Un esclavo que lame el grillete con fruición (y devoción y puntualidad). Si no me levanté a las 8:30 y tomé un café a las 9, oficialmente el día ha comenzado mal. Por eso no soporto a la gente que habla de romper la rutina como si esa pequeña rebeldía burguesa fuera la fuente de la felicidad. Escápate de la rutina, nos dice la publicidad. ¡No! Por favor no. Si constantemente sientes la necesidad de salir de tu rutina, quizás deberías más bien cambiar de rutina. Algo estás haciendo mal.

Yo estoy feliz con las mías, ¿por qué me voy a escapar? ¿Por qué carajos debería salir de mi "zona de confort" si lo que estoy buscando —¿acaso no todos?— es justamente quedarme en ella para siempre? ¿Quién es ese tipo que habla de salir de la zona de confort? Fíjense bien, casi siempre el que nos espeta con dedo inquisidor, el que nos recomienda con superioridad moral (a veces aun ontológica, según cree) que debemos romper la rutina y dejar nuestra zona de confort es un mediocre rutinario.

Pero tampoco hay que señalar a ese tipo. Por definición la mayoría de la gente es mediocre. Es un axioma. ¡Qué necedad exigirle a tanta gente que no sea mediocre si la mera existencia de los mediocres es la que garantiza al ganador su lugar fuera de la masa!

Vuelvo al tema de la causa. Ayer en la noche, fruto de la experiencia estética que comenzó en el azul profundo del uniforme de la policía, llegué a la respuesta de por qué disfruto tanto la rutina, la calma, el confort y la mediocridad (aunque esos cuatro términos no tengan necesariamente una relación formal ni causal). La rutina me aleja de la fugacidad, me hace olvidar el drama humano, el tiempo, la insignificancia de la existencia, la fragilidad del instante y el eterno correr del río heracliteano que tanto miedo me infunde. La rutina garantiza (si no garantiza al menos promete) que aquello que estás haciendo lo volverás a hacer después una vez más. Nada se ha terminado, todo permanece. 

Después de todo quizás no seamos sólo una mota en el viento.

Así que adiós, amiga policía. Espero verte todos los días a la misma hora, moviendo las caderas por la lateral de Viaducto como diciéndome "hola, hola, hola, muchacho. Vive que la vida es larga".


octubre 11, 2014

Había una voz




Contar historias no es un arte. Sí lo es, pero la definición es imprecisa. Más bien es el arte. Me gusta pensar que todas las representaciones artísticas son precisamente narraciones, lineales, cronológicas, explícitas o no, de lo que sucede, sucedió y, mejor aún, podría o no podría haber sucedido. Incluso la mera transmisión de sensaciones que pretende muchas veces la música o el arte plástico es, en un sentido muy muy abierto, un forma de la narrativa humana. El arte abstracto, como el expresionismo, presupone una teoría que lo explica y que es narrativa en estado pura: discurso. Las obras musicales son también una cronología de sonidos y silencios que generan, a su vez, una cronología de sensaciones: el mero hecho de que la música esté metida en el tiempo, regida por él, que sea una sucesión de sonidos, la convierte en una narración.

Y si todas las artes son narraciones, entonces todas tienen un narrador.

Cuando me propongo corromper la hoja en blanco con palabras, siempre golpeo con el mismo obstáculo. Me gusta pensar que a veces logro superarlo, pero el problema está precisamente en que siempre lo hago de la misma manera.

El obstáculo es la voz narrativa. ¿Quién es esa voz? ¿A quién se dirige? Y, ulteriormente, ¿con qué finalidad? Esas preguntas sobre la voz narrativa son, para ser precisos, propiamente el obstáculo, no la voz. La voz es el vehículo con el que se superan.

Pienso en cuentos y en novelas. El escritor que los comienza debe resolver el arma con la que va a acometer la hoja blanca. Si no lo hace de manera consciente, lo hace de todos modos. Primera persona, tercera, narrador omnisciente, estilo directo, estilo indirecto, punto de vista o monólogo interior, stream of consciousness, etcétera. Desde el comienzo, como la clave de un pentagrama, el arma está elegida, se quiera o no, sea la mejor para las municiones que uno carga o no. Para cruzar el río hay que elegir una balsa.

Entonces intento que la voz cantante provenga del interior de uno de los personajes, que sea él quien habla, quien piensa, quien cuenta y dice. El famoso punto de vista que tanto nos limita. Y es que, elemental y cierto, una historia contada desde la mirada de un personaje, no puede contener lo que otro personaje piensa o desea o deja de hacer. El engranaje mental se reduce a una sola cabeza que tiene que ver, entender y juzgar con prontitud y perfección, pero escamoteando el todo, porque las historias se construyen mayormente a partir de lo que el lector ignora y, si quien narra es un personaje, debe también comenzar ignorando ciertas cosas para encontrar el sentido de contar.

Me niego a que la narración la haga un personaje. La narración es mía, no de él, yo soy el autor. Creo que el personaje debe estar ahí para hacer y decir y pensar, no para contar.

Entonces.

Comienzo a escribir y cuando menos me doy cuenta, ya estoy ahí, narrador de carne y hueso, yo, el autor, interrumpiendo el flujo de la historia, asegurándome de que el lector haya entendido, esté cómodo o quiera seguir. Interrumpo, siempre interrumpo, pongo en duda la verosimilitud, dudo y todo eso termina plasmado en la hoja también, junto con los pedazos de historia que pretendía narrar.

Por otro lado, no me gusta perder la verosimilitud del relato, me parece su característica más valiosa y contundente y pienso que, cuando flaquea o se pierde o al menos se debilita un poco, el relato entero se viene abajo. Nadie quiere escuchar cosas increíbles por inestables e inconsecuentes. El sentido de un texto radica en su verosimilitud.

No quiero confundir verdad o precisión factual con verosimilitud. Simplemente estoy hablando de sentido, de efectos que han sido causados y de causas que no se quedan sin efecto. Una cosa, otra y, al final, un enlace entre ellas. Narrar no es aislar sino unir, coser, construir.

¿Sigue ahí? Ya viene el final.

Lo que me sucede, en pocas palabras, es que me parece completamente falsa la narración en tercera persona de una voz que viene de quién sabe dónde y nunca dice cómo es que pensó esa historia o de dónde la recogió. No me parece justo con el lector utilizarla. Y, como expliqué antes, tampoco me gusta tener sólo un punto de vista y cargarle al personaje la penosa tarea de describir algo y contarlo además de vivirlo.

Cuando uno narra algo en una fiesta, whiskey en mano, y hay dos o tres personas escuchando, quien narra interrumpe, hace aclaraciones, explica lo que está contando, sus razones, la finalidad (aunque sea un chiste y la finalidad sea sólo hacer reír). Quienes escuchan saben quién es el narrador, lo conocen, lo miran, lo escuchan, tienen chance de interrumpir también y aclarar dudas. Saben cómo llegaron a esa situación en la que otra persona les está contando algo y por qué. Una voz que baja del cielo no es creíble, no es interesante, no tiene derecho a narrar algo que sucede acá abajo, con personajes que tienen derecho a reaccionar ante lo que escuchan.

Entonces llega mi zozobra. Comienzo a escribir una historia y termino escribiendo algo que tiene que ver con cómo escribí esa historia o cómo la inventé y por qué. Caigo en la trampa de la metaficción: una obra que hace referencia a sí misma en su desarrollo. Y es un ejercicio interesante para mí, pero dudo que lo sea siempre para el lector. Me entristezco.

Mi esposa dice que quizás ese es mi estilo, que no huya de él, que lo use a mi favor. Entonces recuerdo lo que hace poco escuché decir a Marçal Aquino: tener un estilo marcado no es ninguna cualidad, es más bien el defecto de no saber hacer las cosas de otro modo y terminar haciéndolas siempre igual.

Es eso. No sé escribir de otra manera, joder.

Otra cosa que me cuesta mucho es cerrar los textos, usted verá.