septiembre 30, 2017

Tengo un pájaro en el pecho


Ilustración: Inés de Antuñano


Tengo un pájaro en el pecho. Hace días que no duerme. Agita las alas cada vez que escucha una sirena y cada vez que truena un mueble. Encaja las garras en los barrotes que lo contienen siempre que se forma un silencio. Quiere escapar pero no ha encontrado la forma. Sospecho que tampoco sabe a dónde podría volar.

Afortunadamente solo he perdido una cosa en el terremoto: el suelo.

No tengo derecho a quejarme, pero hoy los días me pasan como flotando. Miro el reloj con la esperanza de que haya avanzado mucho. Es terrible lo que ha ocurrido pero lo peor es la sensación de algo peor que viene. El devenir atroz es inexorable, siempre está al acecho y nosotros somos apenas nuestras ganas de sobrevivir.

He estado intentando recordar cómo vivía antes. Cómo veía a mi hijo antes de encontrarlo sentadito en el centro de un jardín, dentro de una escuela, con el rostro de quien entiende verdades fundamentales. Trato de recordar cómo me iba a la oficina, cómo le decía adiós a mi esposa, cómo destapaba una cerveza o cómo preparaba un café. No lo recuerdo.

Parece que el pájaro ha estado alimentándose de mi memoria.

Echo a andar hacia la calle y me encuentro con ustedes. Juntos tratamos de fingir que el suelo sigue ahí debajo, nos esforzamos para que nuestros pasos parezcan afianzados pero en el fondo no lo logramos. Veo en todos esa pupila más negra y fija que de costumbre, el arco de las cejas en tensión permanente. Somos pésimos actores. Sin embargo ahí, en el detalle, en el titubeo que nos delata, encuentro una mano que se tiende y me dan ganas de besarlos y abrazarlos y quizás hacer el amor con cada uno de ustedes.

Pero me contengo. Porque eso es lo que toca ahora, me han dicho. Contener y contenerse.

Muchos hablan de crisis y otros de oportunidades. Muchos dicen que el momento actual es el peor y otros que viene el mejor, que estamos en el umbral de un nuevo país. No creo (en) nada ya. Crecí escuchando la frase "en los albores del siglo XXI" como una promesa, como si el tiempo fuera otra cosa que nuestras enfermas ganas de contarlo todo.

Llegó ese siglo y no llegó nada. Deseamos demasiado con demasiadas ganas.

En nuestra carne hay una marca a fuego, sí, pero el terreno se mantiene igual. El país sigue ahí porque nación es un término vacío, que no puede derrumbarse. Nos habían robado la palabra México. Ahora se quedarán con el término sociedad civil. Que se lo lleven, qué más da. Es tan abstracto que no se puede hacer nada con él.

¿Qué nos queda? ¿Por qué permanecemos caminando sobre el viento, aguantando la lluvia, confiando en que el momento que viene habrá de resguardarnos, será fiel, no nos traicionará? ¿Qué tengo que hacer con ese pájaro indomable, salvaje, que no me deja volver ni me deja estar tranquilo?

Lo que sucedió ha dejado sólo derrumbes, es decir, preguntas. Aprender a convivir con la desgracia parece ser la única alternativa viable. Pero eso no es nuevo: está en nuestra naturaleza. Todos somos sobrevivientes, día tras día, mes con mes, hasta que en algún momento dejamos de serlo.

Me queda imaginar ese momento: el pájaro que tengo en el pecho, cansado y gris, logrará al fin escapar para dejarme tranquilo. Volará lejos, quizás, si le queda tiempo y le quedan nubes.

Y si aún le quedan ganas de volar.

junio 25, 2017

Tianguis por la mañana

Por definición, el tianguis es temporal. Uno o dos días a las semanas sucede. Sin que nos demos cuenta, en la noche, surge del pavimento, desde el subsuelo, en terrenos baldíos o planchas de concreto. Nadie atestigua su levantamiento, pudiera ser una aparición instantánea o la consolidación lentísima y gradual de un espectro.

La totalidad de las cosas que suceden dentro del tianguis son también temporales. El cordón de un toldo busca cada vez un lugar dónde amarrarse: encuentra siempre uno distinto. Golpes de martillo hacen embonar a la fuerza tubos cuadrados con la pintura descascarada, como si no estuvieran acostumbrados a embonar cada tres días y fuera la primera vez que se encuentran. Cambio de a cien, cableado eléctrico, fuentes alternativas de energía, la ubicación exacta de cada puesto: todo sucede sin que la gente que lo hace suceder sepa a ciencia cierta cómo lo hizo, cómo lo ha hecho y cómo lo hará. Y cada vez el mismo tianguis es muy distinto. Nunca es el mismo: es el río de Heráclito.

Hoy vi a un hombre cargar su teléfono celular en un enchufe que había quedado amarrado al tubo transversal del techo de un puesto. Para que el teléfono no colgara del cable a medio pasillo, lo metió en una bolsa de plástico que amarró también al tubo. Lo hizo con la ayuda de un guacal de madera que estuvo a punto de ceder ante el peso y provocar un accidente —aunque en los tianguis no hay accidentes porque el tianguis es de suyo un gran accidente—. La solución que el hombre dio a su problema fue una solución temporal; la herramienta que usó para lograrlo, también. Antes de que acabe el día la pila del celular volverá a estar cerca de vaciarse.

Una chica me trajo dos tacos campechanos con papas. Su empleo como mesera de tianguis es, con toda seguridad, una cosa temporal, en lo que acaba la escuela o encuentra empleo en un sitio más estable. Los tacos y la chica misma. Yo. Todo temporal. Como la saciedad y como el descanso. Temporal como todas las buenas noticias.

Pagué y me fui sin esperar el cambio. Estaba triste. Sigo triste. No miré hacia atrás porque no quise confirmar la teoría de que el tianguis desaparece cuando lo abandonas. La teoría de que cada quien tiene su propio tianguis.




abril 08, 2017

Las malas noticias





Para Víctor


Encendieron la televisión de la sala por la mañana. Se sentaron los cuatro. Pasaban las noticias. Las malas noticias. Muertes violentas, atentados y, al final, una nota medianamente curiosa: una pareja de osos negros se había observado caminando en las afueras de la ciudad. Había video. Había video transmitiendo en vivo. Las cámaras del noticiario habían llegado hasta el suburbio. Grababan a distancia. Ellos, los cuatro, miraban estupefactos. Es muy raro que un oso se adentre en el pavimento de un barrio. Sólo que haya un fuego que lo apure. Pero no había fuego. Y es más raro que sean dos. Pero estaban estupefactos no por ver a un oso en la calle, tampoco porque fueran dos, sino porque la cámara transmitía desde su barrio. Desde su cuadra. Porque la casa que se veía en la televisión era su casa. Porque los osos revolvían los botes de basura de su casa, estaban a unos metros de donde ellos miraban la televisión.

Escucharon los ruidos de nuevo. Gruñidos mezclados con golpes sordos en el suelo. Un breve crepitar de hojas secas y el silbido inclemente de las uñas contra el metal.

Entendieron entonces que los ruidos nocturnos de las últimas semanas habían sido provocados no por gatos callejeros ni por ráfagas de viento, sino por una pareja de osos.

En la televisión se narraba la imagen como un fenómeno único. Decían que el ejército ya había mandado un carro, seis hombres. Era mentira. Los osos no tenían por qué saber que la octava o novena vez que esculcaban los mismos tambos de basura era transmitida por televisión a todo el país.

Asomaron todos juntos por la ventana de la sala, la que da al jardín frontal. Ahí estaban aquellas dos criaturas. Monstruos. Los osos no tienen nada de tiernos. Uno de ellos giró el cuello y los vio. Cerraron de golpe la cortina y corrieron hacia las escaleras. Se fueron al piso superior, como si los osos no pudieran subir escaleras. 

Se parapetaron en la recámara de la hija. Cerraron la puerta. Bloquearon la puerta con un escritorio.

Escucharon cómo los osos quebraron un vidrio de la sala. Dos. Tres vidrios. Escucharon un largo gruñido, quizás uno de ellos se astilló una garra. Después no escucharon nada más. 

La niña más pequeña sugirió encender la televisión de la recámara. Lo hicieron. La transmisión del video había terminado. La noticia había terminado. El noticiario había terminado. Ya no había osos en la televisión. Estaba empezando un partido de futbol. Los cuatro, comenzando por el padre y terminando por la niña más pequeña, sonrieron y respiraron tranquilos. Juntos comenzaron a quitar el escritorio para volverlo a poner en su lugar.

abril 05, 2017

La catedral


Estoy en el bar de manera ausente. Es decir, en realidad no estoy ahí sino como un narrador. ¿Quién quisiera estar ahí presente? Al parecer, varios jóvenes impetuosos, algunos viejos que se rehusan al acartonamiento, mujeres con faldas ávidas de volar, duendes de la noche. Apenas se ha cruzado el umbral, el sitio se presenta idéntico a otros muchos que hay diseminados por la ciudad. Las paredes son grandes espejos con marcos de madera vieja, húmedas barras de dos metros de largo sirven como mesas de paso y taburetes desordenados, con el forro gastado y a veces incluso agujereado, tratan de impedir el paso al baño con golpes bajos. No hay humo porque hace tiempo que a los fumadores se les hacina en un rincón del lugar o bajo el pequeño toldo de la entrada, como leprosos o criaturas tristes de humores ácidos. Podría decirse que hay música, pero las voces silencian las guitarras. Ínfimas bombas de risa estallan constantemente, en todos los cuadrantes, como si un batallón de muertos cruzara un campo minado. La gente sonríe como si el mundo fuera un buen lugar para estar.
Llevo aquí el mismo tiempo que usted. Sólo vine a narrarle lo que veo, porque alguien que no soy yo piensa que esto es una buena idea y, también, que usted ha venido aquí a leer una buena idea. La búsqueda es la misma de siempre: el cuento corto, el efecto largo, el golpe seco de una historia húmeda, de asunto unitario, sin vericuetos.
Ahora entra al bar la protagonista de esta ficción. Tiene el pelo platinado –es decir, falseado— suelto sobre los hombros. Usa una chaqueta corta de cuero opaco, bien trabajado, que deja libre el cuello, las muñecas de ambos brazos y una franja de diez centímetros de abdomen. Es bellísima y alta, esbelta. Sobresale de las cabezas comunes. Camina como si supiera exactamente en dónde se encuentra la persona a la que está buscando. Se abre paso sin mucho oficio por entre las reses, camino al matadero. Busca infatigablemente con la mirada pretendiendo siempre que ha encontrado. Sus tacones parecen resonar en la madera del suelo, aunque no se escucha su ritmo. Su cabello miente, lo he dicho. Ella miente. Cada uno de sus movimientos es de una falsedad sutil, que hace de rémora a la verdad. La belleza se equivale a la verdad, así que su mentira ha de ser breve y ligera, como su cadera, para hacer que todo el cuadro funcione. Se llama Daniela.
Dejémosla andar unos instantes, que el tiempo la recorra como quisieran nuestros dedos. Mírela caminar y alejarse, ya volveremos a ella.
El sitio entero es lo contrario a la verdad. A un bar la gente viene a mentir, que es lo único que puede hacerse ahí además de reír, besar, agarrar y beber. Uno a uno, los otros que atiborran el recinto han reído, besado, agarrado y bebido mereced a las mentiras que tiran aquí y allá, ahora y ahora otra vez. Son todas personas sin rostro, al menos en esta historia: son actores secundarios, terciarios, de utilería.
De entre esa masa multiforme de pseudohumanos surge Gabriel.
Antes de hablar de Gabriel voy a considerar una terrible anomalía, una rajada a mi voluntad, una imposibilidad de libertad que me aprieta el pecho: le confieso que yo, su narrador en turno, no puedo mentir. Puedo hablar de ficción, pero no puedo hablar mentiras, porque de la verdad se infiere o se deduce la verdad, pero de la mentira se puede obtener cualquier cosa. Este texto perdería entonces, con la mentira, su carácter de narración y pasaría a ser un cúmulo incoherente de palabras. Esto significa que si yo mintiera, se derrumbaría el andamio narrativo, es decir, se perdería el sentido de la consecuencia, de la necesidad y, por tanto, el sentido en absoluto. La ficción me precede, la historia que narro en presente sucede casi al tiempo que la refiero, sí, pero siempre un poco antes. Los hechos preceden a las palabras que los refieren: regla primitiva de la narrativa, rasgo que la diferencia tajantemente de la voz profética. Si los hechos son reales o no, no me importa y no lo sé. La narración, sin embargo, se apega a esos hechos y, por tanto, no sólo es verosímil, sino que es verdadera. Le suplico que se coloque en mis zapatos. ¿Se imagina no poder mentir? Es terrible. Sin embargo aquí estoy, dando cuenta de lo que le pasa a alguien más, en un santuario de la mentira: un bar. Queda asentado, pues, para que lo considere cada tanto y no me juzgue si lo que lee le parece un montón de estupideces.
Gabriel tiene treinta y tres años. Espera en una esquina del bar a Daniela, aunque no la conoce. Hay una imagen en su cabeza, quizás perteneciente a otra época, a una vida anterior, que la describe. Se atraen sin saberlo, compartiendo la sensación de un espacio vacío que anhela una forma específica para rellenarse. Como un ensamble de carpintero, imantado, tienden a la unión física. Está recargado sobre el codo que, a su vez, se apoya en una de las pequeñas barras. Tiene el pelo más o menos largo, más o menos desordenado, más o menos limpio. Y negro. Bebe cerveza. Está solo.
Algo inexplicable está por suceder. La gran mentira. La catedral de lo que no es, este bar, existe para lo que sucederá a continuación. Daniela y Gabriel existen para unirse y desaparecer en el tiempo. Para desaparecer un tiempo. Para desaparecer el tiempo. El mundo colapsará enseguida.
Ella camina ahora más segura. Una a una las miradas que la siguen —y también las que no le han visto jamás— se apagan, se desvanecen. Velos invisibles de vaho, cruces de aire, estelas macizas de una carne hecha de palabras —los cuerpos de los otros— se convierten en polvo impalpable. Detrás de Daniela el tiempo, detenido, muerto, se agolpa. Su espalda es una puerta de luz, el mundo desaparece, cediendo a la mentira, al no ser. Detrás de Gabriel hay, del mismo modo, un abismo de negrura, un hoyo: hay nada. El mundo se está desmoronando.
Se acercan. Entre ellos, en esos cinco metros, se encuentra ahora todo lo que existe y la posibilidad, que es reducida. No hay truenos ni relámpagos, no hay presagios ni gritos, la nada se acerca a la totalidad y los taconazos son los golpes que derrumban el mundo hacia dentro de sí. La verdad es tan relativa ya. No hay juicios, no hay casi nada.
El rostro de Daniela se detiene a diez centímetros del rostro de Gabriel. Detrás de los dos hay sólo recuerdo: nada. El mundo está entre los dos. Toda la materia que queda está ahí, desde el centro de la Tierra hasta la orilla del universo en una franja de diez centímetros de ancho. Se acaban el aire, se miran con ganas. Se acercan más.
Hay un beso, uno último, que succiona a uno dentro de la boca del otro y viceversa. Se han consumido entre ellos, los dos últimos seres. Lo último que existió fue un par de bocas, un par de labios, un suspiro sonoro.
La mentira fue desterrada y la narración ha de terminar aquí, porque ya no hay nada. Quedo yo y queda usted, nada más. Quedamos porque lo que se ha consumido es la presencia y usted y yo estábamos ahí como ausencias. Yo era sólo un sentido narrativo; usted, una conciencia capaz de captar una sucesión de eventos.
Así muere y morirá siempre la ficción. Así tiene que ser, dentro de ella misma. Hasta nunca, querido amigo.